Poder negro/Afro

 

No se puede construir poder negro, del lado del opresor

“Las herramientas del amo jamás desmantelarán la casa del amo.” — Audre Lorde

Por Jonh Jak Becerra Palacios


Introducción: La ilusión de la libertad sin poder

Hablar del poder negro en Colombia es enfrentarse a una paradoja histórica: se nos invita a participar, pero no a decidir; se nos reconoce, pero no se nos deja gobernar. El discurso oficial celebra la diversidad y la inclusión, mientras las estructuras de opresión continúan intactas. Nos ofrecen espacios simbólicos dentro de un sistema que jamás fue diseñado para nosotros, porque —como advirtió Audre Lordelas herramientas del amo jamás desmantelarán la casa del amo.”

El problema del pueblo negro en Colombia no es solo la falta de visibilidad, sino la ausencia de poder.
El racismo no es un accidente ni una actitud individual: es una arquitectura política, un sistema económico y una estructura simbólica que sostiene las jerarquías coloniales bajo nuevas máscaras. Como señaló Achille Mbembe (2013), la modernidad se edificó sobre la esclavitud, y su herencia aún organiza el mundo: el negro sigue siendo la medida de lo que puede ser explotado, desplazado o silenciado.

En este ensayo propongo una reflexión sobre la construcción del poder negro en Colombia, no como imitación de modelos ajenos, sino como un acto de autodeterminación colectiva. Basado en las ideas de Kwame Ture, Fanon, Mbembe y Coates, busco plantear la necesidad de un pensamiento político negro que rompa con las lógicas del multiculturalismo vacío y del paternalismo estatal.
Porque no se trata de ser incluidos en la mesa del amo, sino de construir nuestra propia mesa, con nuestros principios, saberes, economías y lenguajes.


1. El espejismo multicultural: inclusión sin emancipación

Desde la Constitución Política de 1991 y la Ley 70 de 1993, Colombia se declaró un país pluriétnico y multicultural. Sobre el papel, fue un avance significativo. En la práctica, el multiculturalismo colombiano se convirtió en un proyecto de inclusión simbólica sin redistribución del poder.

Peter Wade (2002) lo explicó con claridad: el multiculturalismo es una forma de “gestión de la diferencia” que permite celebrar la diversidad, pero mantiene intactas las jerarquías raciales. En otras palabras, se nos permite bailar, pero no decidir.

El reconocimiento legal no ha significado transformación material. Las comunidades negras siguen siendo las más afectadas por el abandono estatal, la pobreza, la violencia y la falta de servicios básicos como agua, salud o educación. Las políticas públicas se diseñan desde arriba, y la “participación afro” se reduce a espacios consultivos que legitiman decisiones ya tomadas.

Este tipo de inclusión, bajo la lógica liberal del Estado, perpetúa lo que Mbembe llama la economía del reconocimiento: un sistema en el que el sujeto negro es reconocido solo en tanto reafirma el poder blanco.Se nos concede un lugar en el discurso, pero no en el poder. Se nos invita a hablar, pero no a mandar.

Por eso, hablar de poder negro implica romper con esta lógica. Implica asumir que no basta con ocupar cargos, ni con ser mencionados en los documentos oficiales. El poder no se pide, se construye.


2. El racismo como sistema de poder

El racismo en Colombia no es un fenómeno moral ni una desviación individual: es una tecnología de gobierno, una estructura histórica que organiza la vida social.
Desde la colonia, la sociedad se edificó sobre la jerarquía racial: los blancos criollos arriba, los mestizos en el medio, y los negros y pueblos indígenas en la base. Esa estructura sigue operando hoy, travestida en meritocracia, clase social o neutralidad institucional.

Como afirma Fanon en Piel negra, máscaras blancas, el racismo es una forma de alienación que despoja al sujeto negro de su humanidad y lo obliga a verse con los ojos del opresor. El pueblo negro en Colombia ha sido educado para aspirar a la blanquitud como sinónimo de progreso, mientras la negritud se asocia con lo marginal, lo violento o lo primitivo.

Este racismo estructural no solo excluye, sino que define lo posible: determina quién accede a la propiedad, al crédito, al poder político, al conocimiento y a la voz pública.
Por eso, cualquier intento de emancipación que dependa del permiso del Estado está condenado a la cooptación.

La casa del amo no se derrumba desde adentro.
El poder negro no puede construirse pidiendo permiso a las instituciones racistas, porque esas instituciones existen precisamente para impedirlo. El desafío es pensar desde otra lógica: desde la autodeterminación, la autodefinición y la autogestión.


3. De la lucha popular a la lucha negra

En Colombia, se habla mucho de “luchas populares”, pero pocas veces se reconoce que esas luchas han ignorado sistemáticamente la dimensión racial de la opresión.
El movimiento social colombiano ha tendido a homogeneizar las reivindicaciones bajo la bandera de la clase o de la desigualdad económica, como si el racismo fuera un asunto secundario.

Pero el pueblo negro sabe que la pobreza tiene color, y que la exclusión no se explica solo por razones de clase.
Cuando un hermano me dijo: “yo siempre he estado en las luchas populares”, le respondí: “Sí, pero esas luchas no siempre han estado con nosotros.”

Las luchas populares en Colombia han avanzado, sí, pero en su mayoría han sido luchas no negras.
Porque mientras los sectores de izquierda hablan de justicia social, pocos asumen el racismo como estructura del Estado. La colonialidad del poder sigue viva en los discursos más progresistas.

Por eso, necesitamos una lucha negra, una lucha que parta de nuestras propias condiciones históricas, espirituales y políticas. Como planteó Kwame Ture, el objetivo no es integrarse a las luchas de otros presuntos aliados, sino construir un poder propio, autónomo, desde abajo y para nosotros.


4. Stokely Carmichael y la política del poder negro

Stokely Carmichael, conocido también como Kwame Ture, fue uno de los pensadores más radicales y visionarios del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Fue él quien popularizó el lema Black Power en 1966, no como un grito de separación, sino como una afirmación de dignidad y soberanía.

Para Ture, la integración era una trampa. Decía que “la integración es una forma de anestesia política”, porque coloca al pueblo negro en una posición de subordinación, siempre buscando aprobación del blanco.
El poder negro, en cambio, se basa en la autodefinición y la autodeterminación: el derecho del pueblo negro a controlar sus propias comunidades, sus economías, sus instituciones, su educación, su política.

Ture planteó cuatro dimensiones esenciales para construir poder negro:

  1. Poder político: organización independiente, elección de líderes negros comprometidos con la comunidad, control del gobierno local.

  2. Poder económico: autosuficiencia, creación de negocios, cooperativas, y economías solidarias bajo control negro.

  3. Poder cultural y psicológico: superar la vergüenza racial, celebrar la belleza y fuerza de la negritud, reconstruir la autoestima colectiva.

  4. Rechazo a la integración subordinada: dejar de buscar aprobación blanca y construir un mundo propio.

Ture entendió que sin poder político y económico, cualquier conquista sería simbólica. “Somos oprimidos porque no tenemos poder —decía—, y solo con poder podremos decidir sobre nuestras vidas.”

En Colombia, esta enseñanza tiene una vigencia urgente. Porque aquí también, el Estado nos invita a participar, pero sin darnos poder. Nos ofrece leyes, pero no tierra. Nos ofrece inclusión, pero no soberanía.

El poder negro, por tanto, no puede ser una copia del modelo estadounidense; debe ser una reinvención contextualizada, desde las raíces afrocolombianas, las comunidades del Pacífico, el Caribe, el Chocó, el Palenque, el Urabá, y las periferias urbanas donde la negritud resiste.


5. Poder y territorio: la ley como campo de batalla

La Ley 70 de 1993 fue uno de los mayores logros del movimiento negro colombiano: reconoció la propiedad colectiva sobre los territorios ancestrales de las comunidades negras. Sin embargo, más de treinta años después, su espíritu ha sido sistemáticamente traicionado.

El reconocimiento jurídico no vino acompañado de garantías materiales. La presencia de grupos armados, el despojo territorial, la minería ilegal, el desplazamiento forzado y el abandono estatal han convertido esos territorios en zonas de sacrificio.

El racismo estructural se manifiesta aquí como racismo económico: la exclusión del crédito, la falta de infraestructura, el control empresarial de los recursos naturales y la criminalización de las comunidades negras que defienden su tierra.
La autonomía se volvió un campo de disputa entre el capital y la vida.

Mbembe (2013) describe esta forma de dominación como necropolítica: la capacidad del Estado de decidir quién puede vivir y quién debe morir. En el Pacífico, el racismo no se pronuncia, se ejecuta. Se traduce en abandono, en pobreza estructural, en ausencia del Estado.

Por eso, hablar de poder negro en Colombia implica repolitizar la economía y territorializar la emancipación. No basta con tener representación política si no hay control sobre los recursos, si las comunidades no pueden decidir cómo se produce y cómo se vive.

El poder negro debe ser, entonces, económico, territorial, político y espiritual.
Un poder que se construye desde la vida comunitaria, desde la economía solidaria, desde la memoria ancestral, desde la autonomía.


6. Autonomía o asimilación: el dilema del pueblo negro

Cada generación negra en Colombia ha tenido que enfrentarse a la misma disyuntiva: ¿asimilarnos o autodeterminarnos?
La asimilación promete reconocimiento y estabilidad, pero exige renunciar a la diferencia. La autodeterminación, en cambio, implica riesgo, pero abre el camino hacia la libertad.

Ta-Nehisi Coates (2015) lo expresó con crudeza: “No podemos ganarnos el amor de quienes nos temen; solo podemos amarnos a nosotros mismos hasta la libertad.”
El poder negro no puede construirse buscando aprobación blanca. Debe surgir del amor propio colectivo, de la conciencia política, del orgullo de ser y existir en nuestros propios términos.

En Colombia, ese amor propio ha sido sistemáticamente atacado. Desde la escuela, se enseña la historia nacional sin héroes negros; desde los medios, se impone una estética blanqueada del éxito; desde la política, se margina la voz afro a los márgenes de la “representación”.

Construir poder negro es, por tanto, un acto de descolonización del alma. Es romper con la dependencia emocional y política que nos ata al opresor.
Es afirmar que la vida negra no necesita permiso para florecer.


7. El activismo negro independiente: un llamado urgente

El error histórico de muchas luchas afrocolombianas ha sido delegar la defensa de la negritud al Estado. Pero el Estado, como institución colonial, no puede ser antirracista, porque su estructura se sostiene en la exclusión racial.

La lucha antirracista debe ser independiente, autónoma y radical.
Debe construirse desde las comunidades, los consejos, los procesos locales, las universidades negras que aún no existen, los medios negros, las economías negras.

Como decía Fanon, la liberación no es un proceso burocrático, sino una transformación espiritual y colectiva. Y como sostenía Mbembe, el futuro no se puede construir con las categorías del amo, sino desde la creatividad del sobreviviente.

Necesitamos un movimiento negro colombiano que piense con sus propias categorías, que no dependa de los fondos internacionales ni de la aprobación política, que vuelva a las raíces del panafricanismo, entendiendo que la lucha local está conectada con la lucha global del pueblo negro.

El panafricanismo, bien comprendido, no es nostalgia; es estrategia. Es la conciencia de que la libertad de África es la libertad de su diáspora, y que ningún pueblo negro será libre mientras otro permanezca oprimido.


8. Hacia una filosofía del poder negro colombiano

El poder negro en Colombia debe ser una filosofía política de reexistencia.
No basta con resistir: hay que crear. No basta con denunciar: hay que construir.

El poder negro es el acto de afirmar la vida negra como centro de decisión, como sujeto político pleno, como comunidad soberana.
Significa tener control sobre la tierra, sobre la educación, sobre el cuerpo, sobre la economía y sobre la representación.
Significa decir: “No queremos ser incluidos en su sistema, queremos transformarlo.”

Como plantea Mbembe, el pensamiento negro es el único que ha sobrevivido a todos los infiernos de la historia. Ha sabido convertir el dolor en conocimiento, la esclavitud en resistencia, la exclusión en creación.
Y como recuerda Coates, nuestra lucha no busca convencer al opresor, sino liberar al oprimido de su miedo.

El poder negro es una apuesta por la vida en plenitud, por la soberanía del alma, por el derecho a definir nuestro destino sin tutelas.
Y como diría Kwame Ture, “la libertad no se mendiga, se organiza.”


Conclusión: poder negro o muerte lenta

El pueblo negro en Colombia ha resistido siglos de opresión con dignidad, creatividad y fe.
Pero ha llegado el momento de ir más allá de la resistencia.
Ha llegado el momento de construir poder.

No se trata de pedir espacio en la casa del amo, sino de levantar una nueva casa, con nuevos cimientos, nuevas relaciones, nuevas economías.
Porque el poder negro no se construye del lado del opresor. Se construye del lado de la vida, del lado de la comunidad, del lado de la justicia.

Como decía Fanon, “cada generación, dentro de una relativa oscuridad, debe descubrir su misión, cumplirla o traicionarla.”
Nuestra misión es clara: construir poder negro, o resignarnos a la muerte lenta del olvido.


Referencias (APA 7ª edición)

  • Carmichael, S., & Hamilton, C. (1967). Black Power: The Politics of Liberation. Vintage.

  • Coates, T.-N. (2015). Between the World and Me. Spiegel & Grau.

  • Fanon, F. (1952/2009). Piel negra, máscaras blancas. Akal.

  • Lorde, A. (1984). Sister Outsider. Crossing Press.

  • Mbembe, A. (2013). Crítica de la razón negra. Katz Editores.

  • Wade, P. (2002). Música, raza y nación: música tropical en Colombia. ICANH.

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